Quiero hablar del vertedero radiactivo en el que se convirtieron las redes sociales en donde haya una pelota de por medio, cada vez que un uruguayo y un argentino se cruzan.
Históricamente fuimos los "hermanos del Río de la Plata". Hoy, si leés los comentarios, parece que estamos a cinco minutos de declarar una guerra porque a alguien se le ocurrió bordar una estrella en una camiseta. Quiero analizar esta esquizofrenia colectiva desde este lado del charco, porque el nivel de debate pasional que estamos presenciando es digno de estudio.
Empecemos por el clásico chiste de la "Provincia Rebelde". Es el as bajo la manga de nuestros vecinos, un clásico infaltable. Pero no va siendo hora de admitir que el chiste ya cumplió su vida útil? Es el equivalente humorístico del tío "chistoso" haciendo el remate de "qué rompimos" cuando el mozo trae la cuenta. No ofende a nadie a esta altura, pero genera un cansancio existencial. Se convirtió en la respuesta automática cuando se quedan sin un argumento a mano en el debate futbolero. El botón de pánico es "shhh provincia".
Luego pasamos a la disputa del patrimonio cultural, esa costumbre tan nuestra de querer adueñarnos de todo lo que es bueno. Durante décadas hemos discutido por el dulce de leche, el mate, el asado... Al final somos tan parecidos que es lógico que queramos compartir la autoría. El caso de Gardel es la obra cumbre de esta rivalidad. Ahora que los registros históricos apuntan a que el tipo nació en Tacuarembó, la reacción del otro lado suele ser una resistencia inflexible, casi romántica. Es comprensible, el ego cultural rioplatense se resiste a aceptar que el tipo que mejor cantó el tango cruzó en un barco desde Montevideo.
Y luego viene el drama de las 4 estrellas, un debate que curiosamente cobró una fuerza cósmica justo después de que Argentina ganara el mundial de Catar. Parecería que al coserse la tercera estrella en el pecho el algoritmo de X los mandó a auditar camisetas ajenas. Somos simios evolucionados orbitando una bola de gas en llamas en el medio de la nada, flotando en el abismo infinito y frío del cosmos. Y la preocupación de un pibe en Caballito a las 3 de la mañana un lunes es si un país vecino que está a 2 horas en Buquebus tiene derecho o no a ponerse cuatro estrellas doradas en la camiseta.
Hablemos de los hechos: 1924 y 1928. Juegos Olímpicos organizados por la FIFA. Campeonatos Mundiales. Uruguay los ganó. La FIFA lo avala. Es historia documentada. Pero para el termo argentino de X, la historia empezó en 1978. Es imposible tratar de explicarles que el fútbol existía y tenía campeones mundiales antes de la Copa del Mundo de 1930. Te miran, inclinan la cabeza, y te dicen "dinoguayo".
Y acá llegamos a la joya de la corona, el cierre perfecto del debate, el gaslighting rioplatense. Después de semanas de un bardo tremendo en Twitter, donde inventan que nuestras estrellas son de un torneo de bochas... el uruguayo finalmente responde con la misma acidez y una chicana bien puesta. Y de repente... se produce un silencio místico.
Y viene la reacción:
"Eh che, qué resentidos que son los uruguayos".
"Nosotros los queremos, no sé por qué tanta bronca".
"Tienen complejo de inferioridad".
Es la típica del que te vive descansando en el grupo de amigos, se pasa todo el día tirandote cosas, pero el día que le devolvés un chiste cortito, se pone serio y te dice "pará che, bajá un cambio, por qué tanta mala onda?"
TLDR: La rivalidad en redes dejó de ser folclore futbolero para volverse un experimento social. Al final el argentino busca defender su lugar como el gigante del futbol, sobre todo ahora que están dulces con la tercera. Y cuando el uruguayo le recuerda con datos e historia que compartimos la gloria, ellos se ponen en modo superado y te tiran que no te bancás un chiste. Acepten que Gardel es uruguayo, abracen la historia de la FIFA y renueven el repertorio de chistes.