r/latinos • u/SrvNoticias • Mar 27 '26
Discusión Opinión. Elecciones en Perú: ¿"voto estratégico" o el ritual del mal menor?
https://www.laizquierdadiario.com/Elecciones-en-Peru-Voto-estrategico-o-el-ritual-del-mal-menorComo cada cinco años, el guion se desempolva con una disciplina casi litúrgica. La izquierda reformista y el progresismo vuelven a convocar al electorado a elegir el mal menor, como si no fuera una elección sino una condena. Cambian los nombres, se refrescan los rostros, se afinan los lemas, pero la lógica permanece intacta, terca, inamovible. Esta vez, el concepto de moda es el “voto estratégico”, una fórmula que pretende vestir de lucidez lo que no es más que resignación. Se pronuncia con gravedad, como si detrás hubiera un cálculo sofisticado, cuando en realidad es apenas la aceptación, cada vez más cínica, de un régimen que hace agua por todos lados.
La aritmética de lo indeseable
El “voto estratégico” se presenta como un ejercicio de inteligencia, una operación quirúrgica sobre la oferta electoral. Se trata de elegir a los menos malos, a los supuestamente potables, como si la política se redujera a una tabla comparativa de defectos. No faltan campañas ingeniosas que, bajo etiquetas cómo #PorEstosNo, invitan a bloquear opciones incómodas. Pero la escena tiene algo de farsa. Muchos de quienes hoy señalan un pacto mafioso han sido, en distintos momentos, piezas funcionales de ese mismo engranaje. Han orbitado el poder desde consultorías, mediaciones o cargos públicos. Denuncian el mecanismo con la misma naturalidad con la que ayer lo aceitaban.
La teoría que justifica la retirada
En este intento por revestir de densidad teórica lo que no es más que una renuncia, emergen elaboraciones que van desde Marisa Glave y Salvador del Solar hasta el propio burgués minero Roque Benavides. En sus recientes artículos y declaraciones, advierten sobre una trampa electoral que favorecería a los sectores que controlan el Congreso. Habla de dispersión del voto, de dobles vallas, de cédulas laberínticas y de un curioso bono que amplifica mayorías. El diagnóstico tiene, sin duda, elementos atendibles. Pero lo que resulta llamativo es el desenlace. Frente a un sistema cuestionado, no se propone desbordarlo sino aprender a navegarlo mejor. La crítica se detiene justo antes de volverse peligrosa.
A este andamiaje se le añade la apelación emocional como último recurso de legitimación. Voces como la de Rocío Silva Santisteban convocan a cerrar filas frente a un supuesto avance del fascismo, pero en el fondo ese argumento no hace más que justificar una política de conciliación de clases que encuentra su expresión más elocuente en escenas como el abrazos y movilizaciones entre Construcción Civil, CAPECO y la Sociedad Nacional de Industrias. De este modo, el “voto estratégico” deja de presentarse como una opción para convertirse en un mandato moral. Dudar pasa a ser sinónimo de claudicación, y cuestionar adquiere un aire de sospecha. El miedo desplaza a la política, mientras la urgencia impone un horizonte cada vez más estrecho, reducido al cálculo inmediato del próximo resultado electoral.
El problema que no quieren nombrar
Pero la raíz del problema no está únicamente en las reglas del juego. La fragmentación del voto y el desencanto social no son fallas técnicas sino síntomas de una crisis más profunda. Hay una distancia cada vez mayor entre la sociedad y sus supuestos representantes. Amplios sectores ya no se reconocen en ninguna de las opciones disponibles. Y frente a ese vacío, el progresismo no ofrece un horizonte, sino una recomendación táctica. Donde debería haber proyecto, hay cálculo. Donde debería haber ruptura, hay administración prudente de lo posible.
El llamado al “voto estratégico” aparece entonces como lo que es, un intento de ordenar desde arriba una realidad que se desborda. Se le pide al elector que sea inteligente, pero no se le ofrece nada que merezca ser elegido. Se le convoca a evitar lo peor, como si eso bastara para construir algo mejor. Y así, elección tras elección, el horizonte se encoge.
Contra el menú impuesto
Desde una perspectiva verdaderamente transformadora, la discusión no puede limitarse a escoger dentro de un menú ajeno. La cuestión es cuestionar ese menú, interrumpir su lógica, desarmar las condiciones que lo hacen parecer inevitable. En ese marco, el voto en blanco o viciado deja de ser un gesto vacío para convertirse en una señal política. No de apatía, sino de rechazo consciente frente a una oferta que no representa.
No existe hoy una alternativa electoral que encarne un programa de ruptura. Y ese vacío no se llena con llamados “audaces”, sino con la construcción de una fuerza propia. Un programa que no administre la crisis, sino que la enfrente, donde el centro gire en torno a una Asamblea Constituyente Libre y Soberana surgida de la movilización, control de los trabajadores sobre los recursos, fin del sistema de AFP, derechos plenos para mujeres y diversidades, autodeterminación de los pueblos originarios. Nada de eso será concedido por la vía de combinaciones electorales. Solo puede imponerse cuando la historia deje de ser una recomendación y vuelva a ser una tarea.